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OBSESIONES Y FOBIAS

Los desórdenes de la emotividad y del comportamiento pueden brotar de una deficiente comunicación consigo mismo y con los demás. Conflictos, malestares y problemas no resueltos del pasado que reemergen en el presente.

Controlar dos o tres veces seguidas el haber cerrado el gas o la cerradura de la puerta; vestir para un examen o para un encuentro importante el suéter de la suerte o tener en el bolsillo el llavero que en otras ocasiones ha demostrado ser un eficaz talismán. Todos, antes o despuás, se han encontrado en situaciones semejantes a éstas y sin embargo, como emerge de algunas encuestas, aunque se admita que lo que se está haciendo es sustancialmente inátil e irracional, resulta imposible abstenerse de hacerlo.

Todos los psicólogos al día de hoy están de acuerdo en afirmar que estas acciones, con que sean contenidas o limitadas en el tiempo, sean eficaces y tolerables barreras contra el ansia. Es muy diferente la cuestión cuando preocupaciones y comportamientos semejantes se convierten tan agobiantes y coercitivos que crean verdaderas prisiones para la existencia de cada día, transformándose en obsesiones, fobias, paranoias; es decir, cuando comprometen la persona a tal punto de impedirle vivir normalmente su vida cotidiana.

Las neurosis obsesivo-compulsivas se manifiestan en la acción o en el pensamiento, o bien en una y otra contemporáneamente. Por lo que respecta a la acción se trata de actos en sí carentes de sentido, realizados de modo fijo y rígido y según un “protocolo” preciso y rigoroso; además, tales acciones rituales son repetidas infinidad de veces.

Estos comportamientos llamados compulsivos pueden ser acciones comunes, pero actuadas sin una aparente razón. El ritual más frecuente es lavarse las manos en continuación despuós de haber tocado cualquier cosa; el individuo, en este caso, tiene el temor de un posible y al mismo tiempo impreciso contagio. Otro comportamiento compulsivo típico es recoger las uñas después de habérselas cortado o los cabellos que se quedaron enredados en el peine; todo esto con el fin de no perder partes del propio cuerpo.

Algunas personas sufren el problema de las “prácticas sin sentido”. Quien escoge esta alternativa puede hacer tres pasos atrás cada vez que tropieza o bien tocar una y otra vez alguien con quien chocó caminando, y acomodar objetos en un modo muy personal.

 


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